miércoles, 29 de octubre de 2014

El acoso a las mujeres en las calles


Este es un vídeo que ha estado rodando por la web desde hace algunos días. Se trata de una chica joven que va caminando por una calle de Nueva York, a la vez que recibe, naturalmente, el acoso e insinuaciones de numerosos hombres que sin conocerla ni considerar el hecho de que ella quiera o no ser abordada por extraños, sueltan sus "piropos" a diestra y siniestra.

No son tan solo las circunstancias que vemos claramente suceder en los casi dos minutos que dura el vídeo lo que me indignan, no es tan solo el hecho de que la mayoría de esos hombres se creen merecedores por regla del tiempo, la atención y el agradecimiento de una persona solo por ser mujer, y ellos los hombres, los "machos", los "beneficiarios reglamentarios" de nuestro cuerpo, "hecho para su disfrute, placer y aprobación", que "para nuestra fortuna" se molestan en dejarnos saber lo mucho que desean.

Lo que más me irrita es la desconsideración de muchos (hombres, en su mayoría), de restarle gravedad a la situación. Claro, para ellos es fácil decirlo, pues ellos pueden andar por las calles con toda la tranquilidad del mundo, sin que nadie se les acerque, sin que nadie les grite cosas indeseadas, sin que nadie los insulte cuando ignoren los constantes comentarios morbosos y desagradables, de extraños desesperados por reafirmar su masculinidad ante el mundo

Es fácil para ti, como hombre, decir que el acoso en las calles no es nada, como para mi es fácil decir que una patada en los testículos tampoco es nada. Yo, como mujer, nunca sabré lo que se siente ser golpeada dolorosamente en una parte tan sensible como esa, por lo que puedo sencillamente trivializar ese gran dolor que tú dices sentir, y decir que no es para tanto, que lo superes, que no es nada. Un hombre nunca va a entender lo que es ser acosado sexualmente a diario y en todo lugar.  Y no, no tengo que sencillamente superarlo y seguir mi camino, ni tampoco sentirme bien de parecerle "bonita" a un desconocido, porque el problema no soy yo, que decido salir a enfrentar al mundo cada día, sin meterme con nadie. Esto es un problema de educación y de falta de respeto. En vez de simplificar mis estragos, ¿Por qué no caminas en mis zapatos? ¿Por qué no formas parte de la solución, y no del problema?

¿Hasta cuando seguiremos desestimando esta desagradable situación social? ¿Hasta cuando nos seguirán irrespetando en nombre de la ratificación del machismo? Pasa aquí, y pasa en todos lados, ante la lamentable indiferencia de la gran mayoría.

Mm

lunes, 27 de octubre de 2014

Llamarse María

Si, de las miles de millones que habemos en el mundo, aquí, ante ustedes se encuentra una María, que les escribe con la convicción recién obtenida de que un nombre solo es eso, un nombre. Por años pretendí obviar el hecho de que uno de los más comunes de los nombres femeninos era el que daba inicio a mi referente personal, hola, mi nombre es Pilar, siempre dije, queriendo así aparentar que me llamaba de una forma menos corriente, o menos usual, al darle el protagonismo a mi segundo nombre. 

Hoy en día me doy cuenta, llamarse María no es tan malo. Ese gran nombre, que mi padre escogió para la que fuera su primera y única hija, dice tanto como Esther, Minerva, Fabiola o Lucía, y todos y cada uno llevan grandes historias y significados, aunque solo sean fonemas cortos que se utilicen durante toda la vida para llamarse entre si,  ¿por qué he, entonces, de restarle merito al mio? 

Llamarse María carga con cualidades que debí haber reconocido desde mucho antes, es por ello que ahora, finalmente, acepto mi cometido, y llevo este sencillo pero venerable nombre con orgullo. No se asombren si se me escapa un día de estos, presentarme como María, en vez de MariPily, o Pilar.

María del Pilar Menéndez

jueves, 23 de octubre de 2014

volver a salir

El lugar estaba repleto de invitados y desconocidos. Yo tenía más que claro desde que cogí las llaves casi con pavor en mi apartamento que segundos tras llegar me arrepentiría miserablemente, pero fui, y vi todo lo que con pesar esperaba ver; Stephan demasiado alcoholizado en las escaleras, Indhi con cara alucinante, y él haciéndome señas desde la guarida de todos los mal intencionados del lugar. Me detuve en seco a dos metros de la puerta. Sí, yo estaba ahí, pero esa atribulada extensión de mi misma no era yo, algo sencillamente andaba mal.

El paso siguiente se volvió los pasos restantes pues me jalaron del brazo y no hubo vuelta atrás, no, no hasta las seis de la mañana, cuando solo me quedaba volver a una caja de fósforos en medio de la falsa plenitud de los suburbios y como mucho unos platos sucios esperando ser enjabonados en la cocina. Me dolió en el alma no haberme hecho de una nueva funda de café la tarde anterior, fuerzas no me quedaban ya, como para volver a salir.

Mm

miércoles, 1 de octubre de 2014

La impetuosa idea del ser
y sus reencarnadas calamidades.
Henos aquí, polvorientos,
recordados por las sabanas
que las noches pasadas fueron
lo único palpable de la habitación.

Y la vuelta, que va embrollándose
en si misma,
 la desdicha va a morir a las bocas
de los ángeles, esas estatuas
tan  invariablemente cultivadas en el vientre.

Mm

jueves, 25 de septiembre de 2014

Luces de la Lincoln
Tuviste que esperar por tu padre unas dos horas, circunscrita a la insistente lluvia que malogró tus planes de llegar temprano a casa, organizar la ropa que aún te faltaba desempacar y sentir que ya por fin todo volvía a la normalidad. Sí, ya te encontrabas en casa de nuevo, la espaciosa y desordenada morada que te vio crecer y ser aplastada por la vida tantas veces. Estuviste molesta todo el camino luego de un día no tan placentero de trabajo. Arremetiste contra ti misma y tu deprimente fuerza de voluntad que no se terminaba de animar para adueñarte de un vehículo que termine con esta clase de momentos para siempre, en fin, tal vomito mental no te ayudaba para nada, ¿por qué no te relajabas mejor, y vivías el momento como sea que viniese?

Las gotas restantes de lluvia formaban caminillos en la ventana, te gustaba ver las luces de afuera atravesar el cristal hasta tu rostro, sentías que de esa forma una minúscula parte de la ciudad te pertenecía por un mili segundo o dos, porque era en tus ojos, solamente, que iban a parar aquellas determinadas pero lejanas luces en un fugaz instante en el tiempo.

Siempre que llegabas a casa ya todo estaba bien, y no importaba lo que hubiese pasado allí afuera, tus luces estarían en el mismo sitio al día siguiente, para iluminar lo que quedara de ti. 

Mm