lunes, 4 de agosto de 2014

Georges

NOAA Photo Library
1998. El huracán Georges se estrelló con mi sorpresa, recién iniciaba el día. Recuerdo ver con terror cómo cada planta de nuestro jardín dejaba simplemente de estar, barrida sin reparos con la fuerza del desastre. Mis padres y yo bajamos de nuestra casa en el segundo piso a refugiamos donde mi abuela, que vivía en el primero, teníamos miedo de que el asbesto que nos servía como techo se nos desmoronara encima. Pasaron las horas de la mañana y llegaron con la tarde los truenos, que eran buena señal, según aseguró siempre mi abuela. 
A las seis de la tarde caí rendida, tal vez cansada por la incertidumbre y la humedad. Desperté al día siguiente, abatida de una forma extraña. Arriba nos habíamos quedado sin techo, del asbesto ya no había rastro. Ni una pizca de energía eléctrica. Las calles desoladas, una fría brisa recorrió todo el barrio, dándonos la bienvenida a una nueva etapa de restauración. 
A partir de ese momento nos tocaría beber mucha agua caliente, alumbrarnos con las luces de innumerables velas, y sobrevivir a un pesimismo colectivo, que nos mantenía esperando. 

Mm

miércoles, 30 de julio de 2014

Vivir sin permiso

Manuel Rebollo
Veintisiete años de casada y ni una sola señal de que su presencia era deseada. Ella ahora se pasa la vida en el afán por aparentar, su juventud ya extinguida en la nada del pasado, su mirada cansada de no poder ver, un orgullo casi infantil, una existencia desecha. Sus muchos menesteres diarios controlados, evaluados por los otros, años y años de complacer, agradar, y no estorbar, ya es muy tarde para no desbaratarse por dentro, ya lo único que sale fuera del cuerpo son lamentos, letanías personales, el anhelo a una vida que dejó perder.

Ella sabe que aun le queda algo. Ella sabe que puede volver a amar, ya este tiempo no es más que una espera a otra estancia, será la viajera, la trotamundos moderna. Ya es hora de vivir sin permiso.

Mm

miércoles, 23 de julio de 2014

Cangrejo en la playa de Palenque
Desde los 12 hasta los 15 años de edad estuve visitando junto al resto de la familia la casa que mis tíos tenían en un rincón de Baní. Nos quedábamos algunos fines de semana y allí la vida parecía darse más tranquila que lo acostumbrado de vuelta en la ciudad. Las noches eran recelosamente oscuras, lo único que se podía ver a lo lejos eran las luces de los automóviles que pasaban por la carretera próxima al pasaje que daba a la casa. Mientras fui creciendo sentía cada vez con más intensidad que la noche me jalaba hacia su fondo, y yo me volvía el sonido de los grillos del prado. Aquello no se daba por muchos minutos pues siempre me atemorizaba, la maleza y su tupida población de yerbas  a altas horas de la noche ya no me parecían lo mismo, las veía tomar otras formas, de entes más lúgubres y siniestros.

Se podía llegar a pie hasta la playa y el río. Caminábamos juntos por las solitarias veredas que nos llevaban hasta el torrente, cuya dulce agua se erguía frente a la del mar. Aquella playa no dejaba que nos bañáramos bien en ella, pues sus olas tenían una fuerza increíble. Era el río, entonces, que nos consolaba, y nos permitía sumergirnos en sus frías y calmadas aguas.

Entretanto nos fuimos quedando cada vez con menos frecuencia en la serena casa, así mismo fueron desapareciendo todos los artículos dentro de ella. Al final, los ladrones solo dejaron las paredes sin ventanas, el piso vacío y una soledad que terminó por consumirse entre aquella ruina, cuyos muros alguna vez me hicieron avanzar un poco más hacia las estrellas.

Mm

viernes, 18 de julio de 2014

Caribbean cities

Aquí nos levantamos temprano,
solo para enfrentar esta ignorancia
que nos va comiendo vivos.

Ahí afuera está el machista,
al que hay que pedirle permiso para lo que sea,
o si no ruedan cabezas,
se atiborran los periódicos
con otra historia de violencia más,
se embarran de sangre
todas las calles de todos los barrios,
los pisos de todas las casas,
los rústicos suelos de todos los callejones,
y aun así siguen las mentes carcomiéndose
con un virus misógino
que se ha vuelto indetenible, irreversible,
invisible ante los ojos de las mismas victimas,
hasta que es demasiado tarde
¿Cuántas más van a morir? 

Ahí afuera están las rutas por donde pasa el chofer,
siempre aburrido, siempre deliberando
sobre el tiempo y la paciencia ajena,
cometiendo impensables imprudencias,
indispuesto a perdonarle cinco pesos
a algún desventurado pasajero en situación difícil. 

Ahí afuera están las autoridades,
irrespetando al ciudadano casi igual que el cobarde criminal,
cada día infectándonos más, debilitando la tranquilidad
como una larva destruye un cuerpo
nadie se salva de los robos, asaltos,
del odio hacia lo propio que se fermenta en los pulmones de la isla.

Esta es la selva quisqueyana,
turistas, no se hagan esperar,
que aquí curamos todos los males,
producimos improperios, soñamos con sitios lejanos,
aquí decimos que nos rendimos, que no hay pa' nadie,
pero vivos si estamos,
aunque nos devoren las ratas.


Mm

jueves, 17 de julio de 2014


Yo no miro hacia la tarde,
yo recuerdo un transcurso,
dilato el pasar de los días
y llora mi rostro por no poder volver.

Yo no siembro orgullo en la arena,
algo dentro se detiene a mirarse
algo afuera me está buscando
yo recorro la vereda con mis pies descalzos. 

Yo no le miento a la vida,
yo permito que sucedan las furias,
ellas traen las indiscreciones de la noche,
la llovizna quiere bañarlas.  

Mm